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Son muchas las enfermedades que afectan al aparato locomotor, la artritis reumatoidea (AR) es una de las que siempre se ha distinguido por su severidad y su mal pronóstico cuando se demora el diagnóstico y el tratamiento adecuados.

Si bien no hay datos epidemiológicos recientes en nuestro país, se estima que entre el 1% y el 2% de la población padece esta dolencia. Se trata de una enfermedad de evolución crónica, con curso y duración variables, que además de afectar a las articulaciones, se acompaña de otros síntomas extra-articulares. En la fase final de la AR las articulaciones se deforman y se pierde la capacidad de llevar a cabo acciones cotidianas.

El síntoma más habitual es la inflamación articular (artritis o sinovitis) esto se traduce por dolor y rigidez (durante al menos una hora) en especial durante la mañana. Es fuertemente sugestivo de esta enfermedad cuando afecta a las muñecas y a los nudillos. 

En los últimos años, los reumatólogos estamos viviendo un verdadero cambio de paradigma en el tratamiento de pacientes con AR. Fundado en la mayor comprensión de los mecanismos que producen la enfermedad, los medicamentos que se encuentran en etapa de desarrollo, e incluso algunos que ya están a disposición, el futuro de estos pacientes se presenta mucho más esperanzador que años atrás. Hoy podemos decir que contamos con fármacos tales que en la enorme mayoría de los pacientes no solo disminuyen el dolor a veces a expresiones mínimas, sino que detiene el curso natural de la enfermedad. 

Sin embargo, chocando con este concepto se presenta nuestra realidad: en un estudio publicado por la Fundación Articular y el Instituto Médico CER de Quilmes, se pudo concluir que el 58% de una población estudiada con AR, a pesar de la larga duración de su dolencia, nunca había sido tratada adecuadamente. Más aún en los pacientes cuya enfermedad se inició 2 años previos a la evaluación, el 70% no recibía un tratamiento apropiado. Este hecho cobra mayor relevancia cuando se considera que el inicio temprano del tratamiento (antes de los 3 meses de comenzados los síntomas) es el mejor factor de buen pronóstico

Cuando se estudiaron las variables que pudieran influir en esta falta de tratamiento, la ausencia de seguimiento por un reumatólogo fue la principal barrera encontrada. En otro estudio de la Fundación Articular e Instituto CER de Quilmes sobre más de 1000 personas encuestadas solo un 19% dijo que consultaría al reumatólogo si tuviera los síntomas de AR. 

Considerando que el daño articular se producen en los primeros dos años de comenzada la enfermedad, una consulta temprana con un especialista podría mejorar sustancialmente el pronóstico del paciente, evitando así el impacto funcional que esta enfermedad imprime a mediano plazo. 

Los avances científicos en la última década han mostrado un significativo avance en el conocimiento y el tratamiento de esta enfermedad considerándose hoy como la principal causa de discapacidad evitable del planeta. Sin embargo, de poco servirá si no se toma conciencia de la trascendencia del diagnóstico temprano.

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